Así una estela votiva visigótica que se conservaba en el propio museo, y que representaba un viaje de ida y vuelta, materializó la organización en planta del Museo de Zamora, como una oscilación entre recorrido y actividad; una oscilación que se hizo presente en los lucernarios de la cubierta visibles desde la parte alta de la ciudad. Unos lucernarios arados como los campos de Castilla. Mientras que las ventanas diferenciadas de la fachada del Auditorio de León, encuadradas dentro de una retícula canónica, se pensaron como una partitura aleatoria de mil ojos, que trataba de acercarse al espesor grabado de composición y aleatoriedad del Hostal de San Marcos. De este modo, la idea de la historia como recorrido (en Zamora), y la idea del tiempo como recorrido (en el Auditorio) magnetizaban los proyectos evitando cuidadosamente una referencia literal a un contexto formal concreto. De la repetición y el azar nuestras obsesiones se desplazaron, unos años más tarde, al establecimiento de sistemas que responden a leyes de comportamiento patrón local, lo que llamamos entonces 'sistemas expresivos'. Los sistemas expresivos supusieron en nuestro trabajo una aproximación al contexto de una forma más abstracta, pero no por ello menos material.