El fresón de Aranjuez forma parte de la tradición agrícola de una de las vegas más históricas de Madrid. Cultivado en tierras fértiles junto a los ríos Tajo y Jarama, encuentra unas condiciones especialmente favorables para desarrollar frutos aromáticos, jugosos y de un color rojo intenso. Su sabor combina un dulzor natural muy agradable con una acidez fresca que aporta equilibrio y evita que resulte empalagoso. Cuando se recoge en su punto de maduración, su aroma es intenso y su carne resulta tierna, jugosa y tremendamente apetecible. Rico en agua, fibra, vitamina C, folatos y antioxidantes naturales como las antocianinas, es una fruta ligera, refrescante y especialmente interesante desde el punto de vista nutricional. Se disfruta sobre todo en fresco, solo o acompañado de yogur, nata o chocolate, pero también funciona de maravilla en tartas, batidos, mermeladas, ensaladas y postres. Un buen fresón de Aranjuez necesita muy poco: su aroma, su jugosidad y ese equilibrio entre dulzor y acidez hacen prácticamente todo el trabajo.