El escritor Joan Sales expone el alma en una carta de 1937 a su gran amigo, el poeta Màrius Torres. El autor de Incerta Glòria, solo en aquel frente de guerra, escribe: «Dios vivió entre nosotros hecho un vagabundo como todos, rodando al azar de los caminos y viviendo de la caridad. [...] He llegado a un punto en que ya no puedo creer más que en el Dios-trinchera de Galilea, que bajó del Cielo para enseñarnos que el único camino que lleva a la gloria pasa por el sufrimiento; un Dios de infantería, en una palabra». En su meditación del Evangelio, Joan Sales descubre a este Jesús trinchera. Agustín de Hipona ve en Jesús «a alguien más íntimo que lo más íntimo de mí». Juan Pablo II encuentra en él a un Jesús que tiene «la verdad última y definitiva sobre el hombre». Quizás por eso la inspiración divina ha querido que las escenas de los evangelios sean tan cinematográficas y queden tan al alcance de la imaginación: para que pueda producirse un encuentro personal con Jesús, un contacto vital y decisivo como los de Joan Sales, Agustín de Hipona o Juan Pablo II.